El Tronco de Navidad surgió de la antigua tradición celta de celebrar el solsticio de invierno recuperando un enorme tronco de árbol (a menudo con raíces todavía) que se quemaba el día más corto del año. Los celtas celebraban así el renacimiento del sol, y agradecían así la calidez y la vida que traería consigo. Los celtas atribuían a los robles, hayas, olmos, y cerezos ciertos poderes místicos.
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